lunes, 29 de julio de 2013

Jorge

No eramos amigos, pero era su fe radiante
el saludo de todas las mañanas,
lo que él tenía para mi
cuando lo encontraba en la farmacia, en el kiosco,
estrangulando el cigarrillo de lo viejo y de lo incierto,
espantando la ceniza
para que la muerte no venga con el humo, no lo impregne.
Tengo el boleto de la rifa que me vendió una siesta
Su trazo hundido en el cartón
es un hachazo que aún resiste
Y es que la letra de un muerto es una mordida infinita,
un borde en braile, una cascarita de luz,
donde gastar los dedos
Una vena hinchada
donde corre sangre nocturna y fósil
agua bendita e impostora
Hilo de hombre que insiste en latir.
Miro ese boleto con el número de una suerte que no fue mia
ni de él, ni será de nadie,
Pienso si hay algún punto donde todo regrese
donde los muertos que vimos partir los encontremos en la calle,
el edificio vuelva a ser baldío,
el cosmos regrese a su génesis
o el soldado a su propia victoria.
Pero no es Jorge o el soldado que lo espera en la muerte,
ni el que no hayamos sido amigos,
ni el cigarrillo que miente su ceniza
ni son estos números que aún espero salgan
a la cabeza de alguna suerte.
No es el cosmos
o el terreno baldío de la muerte tapada por los edificios del vivir
Es la impotencia de no poder contestarle el saludo
cuando pase.

el fuego que aún queda

El fuego que aún queda no alcanza a encender mi cigarrillo Necesidades y abismos  imitan la luz del día Duermo bajo los efectos...